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Sukot (Vayikrá 22:26 – 23:44)
 
Leemos este Shabat una porción de Vayikrá en la que podemos repasar algunas de las festividades más importantes. Entre ellas se encuentran las Tres Festividades o Shloshá Regalim (Sukot, Pesaj y Shavuot), durante las cuales en los periodos del primer y segundo Templo la población de Israel acudía a Yerushalaim a ofrecer sus sacrificios. Si seleccionásemos una acción concreta representativa de cada uno de estos Jag obtendremos la siguiente combinación: recordar-recordar-recibir/agradecer. Recordamos en Sukot que vagamos cuarenta años por el desierto, en Pesaj que fuimos liberados de la esclavitud en Mitzraim y en Shavuot conmemoramos la recepción de la Torah y a la vez ofrecemos las primicias de nuestras cosechas. Resulta una visión muy reduccionista, pero nos ofrece una perspectiva general de estas tres conmemoraciones.
Sukot posee un profundo significado o tal vez muchos, dependiendo del aspecto que se desee analizar. Me gustaría comenzar por el sentido general de la festividad. De una forma elemental durante el tiempo en que “residimos” en la Suka, lo que hacemos es recordar que nuestros antepasados vivieron en dichas construcciones en el desierto, aunque esto no es mencionado en el relato de la Torah. Por otra parte, cuando los nebiim trataban de denunciar los errores que cometían sus contemporáneos, solían recurrir al recuerdo de haber residido en sukot en el desierto, hecho profundamente significativo ya que la suká ofrece protección pero también es una estructura temporal que se desmonta rápidamente y puede ser transportada. Analiza Rosenzweig el motivo por el que comemos en nuestras sukot durante este periodo y afirma que es “para recordarnos que no importa lo seguras que aparenten ser nuestras casas o pisos modernos, no importa lo fuertes que parezcan las paredes de nuestras relaciones, o los techos de nuestros puestos de trabajo, o de nuestra estabilidad y sustento (…) son endebles, como una suká, y pueden ser derrumbados por el viento o por la lluvia, pero pueden también volver a construirse con facilidad si uno pone su empeño”.
Resulta muy duro pensar que algunos aspectos de nuestra existencia son susceptibles de cambiar con facilidad, a pesar de poder resultarnos traumática dicha variación, pero sin embargo también podemos concluir que una vez que ocurre sabemos adaptarnos y encontrar un nuevo camino. Todo esto recordamos al construir y “habitar” en nuestra cabaña y además lo compartimos con aquellas personas a las que amamos, con nuestras amistades y huéspedes cobrando un nuevo sentido esta festividad ya que nos recuerda, por otra parte, que no vivimos solos y aislados. Precisamente esta última idea se aborda de alguna forma en el segmento de la Torah que leemos en esta ocasión, concretamente cuando se especifican cuales serán las cuatro especies de sucot (Vayikrá 23:40).
Cada año en estas fechas unimos etrog, lulav, hadás y aravá. Sumamos cuatro elementos con cualidades muy diferentes y los agitamos al unísono. Cada una de las especies posee una característica peculiar con respecto a su sabor y aroma. Estas dos características hacen que cada una de ellas represente a un tipo de persona (tradicionalmente se asociaba con un tipo de Judío). El etrog, con aroma y sabor intensos, representa a las personas que estudian Torah y realizan buenas acciones; el lulav (hoja de palmera), con sabor pero sin aroma, representa a quienes llevan a cabo el estudio de la Torah pero no realizan buenos actos; la aravá (sauce llorón), sin sabor ni aroma, representa a quienes ni estudian Torah ni realizan buenas acciones y el hadás (mirto), con aroma pero sin sabor, representa a quienes sin estudiar Torah realizan buenas acciones. El Midrash nos explica que Dios dijo: “Únanse todos en un solo fajo y respondan el uno por el otro”, lo que significa que todos formamos parte del pueblo Judío y que todos somos necesarios, que todos aportamos algo y eso es sumamente importante. La diversidad es nuestra seña de identidad, pero a pesar de ello debemos ser conscientes de que eso no significa que debamos sentirnos fraccionados o que debamos “desautorizarnos” o “cuestionar la pertenencia” de unos u otros, pues todos formamos parte del mismo manojo.

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