Cuenta la tradición que Moshé descendió con las segundas tablas desde el Sinaí el mismo día 10 de Tishrei, fecha en la que recae Iom Kipur, y el significado atribuido a este suceso es que en dicha fecha fue perdonada la afrenta del becerro de oro instituyéndose de esta forma el primer día del perdón para el pueblo Judío, el día de expiación y retorno.
Muchas generaciones han transcurrido desde aquel primer día del perdón, pero la idea esencial de esta jornada no ha desaparecido ni tampoco mutado. Múltiples cambios en la fórmula externa han sido introducidos, también algunas prácticas han desaparecido y ninguna de las ramas/tradiciones/corrientes del Judaísmo mantienen de forma idéntica sus formatos. A pesar de todo hay algo que no ha cambiado y es común a todos, la idea de que es posible ser conscientes de nuestros errores, pudiendo compensarlos y rectificarlos. Es posible que en el futuro de nuevo volvamos a equivocarnos, pero esta idea del retorno tiene un enorme valor tal y como se nos muestra en el texto que nuestros Jajamim seleccionaron para uno de los momentos más especiales del año; nos referimos por supuesto a Ioná.
Comienza el relato cuando Ioná recibe la orden de anunciar en Ninive la inminente destrucción de la ciudad debido a las conductas inadecuadas en las que sus habitantes incurrían de forma reiterada (calumniar, robar y otras transgresiones de diversa índole). Sin embargo Ioná está dispuesto a no escuchar las órdenes dadas por Dios y decide huir lejos. Este hecho, la huída de Ioná, es una de las grandes incógnitas del relato y la tradición nos ha ofrecido dos posibles explicaciones. Por una parte se nos enseña que Ioná tenía miedo a que los habitantes de Nínive se arrepintiesen y corrigiesen su comportamiento, dejando en evidencia al pueblo Judío que repetitivamente transgredía de forma obstinada (Mejilta 28). Por otra parte Ioná había sido enviado a Yerushalaim (que era en aquel momento la capital del reino del sur: Yehudá) con el mismo mensaje que también fue escuchado y por lo tanto la ciudad también se salvó (Pirke Rabi Eliezer) por lo que sus habitantes tacharon a Ioná de falso profeta y este no quería volver a ser acusado de dicho delito.
Navegando de camino a Tarshish (posiblemente el antigüo Tarteso fenicio del sur de Sfarad) una fuerte tormenta estaba a punto de provocar que la embarcación se quebrase por lo que la tripulación tras intentar, vanamente, aplacar a sus deidades decidió hacer una lotería para dar a conocer al responsable de dicha desgracia. Interrogado por los motivos el propio Ioná reconoce su “responsabilidad” y es lanzado al mar calmándose las aguas y siendo tragado por un pez gigante en el que permaneció durante tres días. Este tiempo lo empleó para rezar y arrepentirse de su desobediencia y transcurridas estas tres jornadas de expiación de la culpa, es expulsado del pez y de nuevo recibe la orden de encaminarse hacia Ninive, accediendo en esta ocasión a cumplir con el mandato. Una vez en la ciudad Ioná da la noticia de la futura “transformación” de la ciudad (desde su perspectiva en clave de destrucción) y un cambio radical se produce en todos y cada uno de los miembros de dicha comunidad, se arrepienten de sus actos y cambian su forma de actuar ante lo que son perdonados y la profecía no se cumple en los términos que el propio Ioná esperaba.
Abatido, Ioná se retira y le es concedido como refugio la sombra de un árbol que le daba consuelo, pero incluso esto le es arrebatado y en su enfado reprocha que se le sustrajese tan necesario atributo, ante lo que la respuesta es inmediata: “Tú te lamentas por un árbol por el cual no trabajaste… ¿No debería apenarme yo por Nineve (cuyos ciudadanos se han esforzado por realizar un cambio), la gran ciudad en la que hay más de ciento veinte mil personas que no distinguen su mano derecha de la izquierda, y por muchas bestias también?”. El relato concluye aquí, aunque el midrash ofrece una explicación final que en esta ocasión no vamos a abordar.
El motivo por el que leemos Ioná en Iom Kipur es que para que sepamos que el arrepentimiento del pueblo de Ninive anuló el mal decreto que pesaba sobre ellos y esto es aplicable a cualquiera de nosotros. De cinco formas nos recomienda la tradición que debemos afligir nuestros cuerpos en Iom Kipur: no comiendo ni bebiendo, sin bañarnos, sin aplicarnos perfumes o aceites, no utilizando zapatos de cuero y no manteniendo relaciones íntimas. Sin embargo tal y como nos recuerda el profeta Ishayahu “¿Acaso así es el ayuno que deseo, el día para que cada persona aflija su alma? Doblegar como un junco la cabeza, y extender sacos y cenizas como lechos. ¿A esto llamáis ayuno, y día grato para Adonai? Este es el ayuno que habrá de agradarme: desatar las ligaduras de la inquinidad, desligar las ataduras de la opresión, liberar a los oprimidos y romper todo yugo. Compartir tu pan con el hambriento, albergar a los pobres y errantes en tu casa, si ves un desnudo cúbrelo y de tu carne no te ocultes” (Extracto de la Haftará de Shajarit de Iom Kipur Ishayahu 57:14- 58:16). De nada servirá ayunar si dejamos el trabajo verdaderamente importante de lado, trabajar por el cambio: el que será nuestro reto personal hasta el próximo Iom Kipur.